La Costurera

Políticamente irrelevante

In Patrones on agosto 31, 2011 at 6:06 pm

Políticamente irrelevante

Una chava de treinta y nueve años va con su novio a España, se agarran un tour de esos en donde hay que hay que seguir al sujeto del banderín, parar cada cincuenta metros, escuchar la “historia”, esperar a que los compañeros de viaje terminen de admirar el lugar a través de la pantallita de dos pulgadas y grabar el infame video que llevarán a casa para crear (que no recrear) la experiencia de su viaje. Avanzan a la siguiente parada y lo mismo: Alto total, júntese el grupo que por aquí pasó un caballo, fotito, video, seguir al líder…

Yo creo que ante esa situación, probablemente me escondería dentro de alguna armadura hasta que la marabunta se olvidara de mi. Quizá me amarraría las agujetas muchas veces -y hasta aguantaría las patadas de los turistas que nomás ven para arriba-, y así evitar el detector infrarojo del líder y escabullirme lo más pronto posible. Bueno, en primer lugar creo que sólo me agarraría uno de esos paseos si estuviera pagando una manda. Pero, si fuera el caso –uno nunca sabe-, lo que sí te aseguro es que haría lo que fuera necesario para huir de aquélla situación.

Por eso es que entiendo que la chava de la que te estaba hablando se haya separado del grupo y se escondiera en la torre del castillo navarro aquél en el que se encontraba. Tengo mis razones para suponer que esperó mucho rato, así que miró a su alrededor y se encontró con el hermoso y verde campo que rodea al castillo, las nubes, el cielo, el letrero de no fumar, el de no beber, el de no comer, el de no flash, el de no climb y a su novio.

Así como en la simbología de las reglas del lugar, sin palabras, ella giró rápidamente la cabeza como diciendo ¿nos vamos? Pero su novio entendió mal –los hombres siempre entienden mal esa clase de sutilezas- y más tarde que temprano, ya se estaban echando un rapidín en la histórica torre.

El grupo, que seguramente disfrutaba de su media hora de despelucadero en la tienda del castillo, se aglutinó de repente alrededor de la pantallita del compañero que, queriendo captar el último minuto de la visita que disfrutaría a su vuelta a casa, acabó topándose con la desinhibida pareja que a su manera, disfrutaba también de los últimos momentos en Navarra. Una gran experiencia para todos.

Al volver a casa, el compañero de tour descubre que, del titipuchal de horas de video que grabó, lo verdaderamente bonito fueron los dos minutos de la desconocida pareja. Tanto valió la pena que se le ocurrió subirlo a internet para compartirlo con los amigos y de pasada, con los desconocidos, en donde algún ocioso (es un eufemismo) descubrió que la chica de sus sueños de bead and breakfast era nada más y nada menos que la actual alcaldesa belga de de Aalst.

El video captado por el turista ya fue removido de Youtube, pero igual se sigue propagando por internet, el perfil de la mujer en la Wikipedia ya incluye el incidente, #towergate es trending topic en el tuíter y en los diarios de todo el mundo aparece, aunque sea en chiquito, una nota de su arranque de pasión con todo y fotograma.

Imagino que si la alcaldesa belga se codeara con los políticos mexicanos, su respuesta al acto habría sido algo así como “es mi cara, pero no soy yo”, “me sacaron de contexto”, “el poder es para poder” y la respuesta de sus detractores (si también se juntaran con nuestra fina clase política) podría versar en algo así como: “ella, desde el primero de diciembre ya había entregado el cuerpo”, “las mujeres no deben andar provocando” o “esos todavía me dan como asquito”. El cabildo ya la habría llamado a comparecer y en las mesas de análisis se cuestionaría su permanencia en el cargo.

Considerando que la alcaldesa se echó su canita al aire en un sitio público, queda claro que no tiene muchas inhibiciones con respecto a su actividad física, pero eso no hace que la grabación y difusión de su imagen sea una prerrogativa de los ciudadanos del mundo, porque uno no cede los derechos de su propia imagen nomás por ir al mercado. O por viajar en un avión, como en el video que hace poco difundió Reforma, exhibiendo una conversación casual y privada entre Napoleón Gómez Urrutia y otro sujeto, grabado por el pasajero del asiento de atrás.

No tengo por cierto si Ilse (así se llama la alcaldesa) ya ejercía el cargo que hoy detenta hace cuatro años, cuando fue registrado su amoroso encuentro, pero el ejercicio de un cargo público tampoco haría justificable que se difunda el video y se le identifique en él, puesto que lo público es el cargo, no su vida personal y mucho menos lo que haga en sus vacaciones. Tan inapropiado es que se pretenda asociar a lo público su vida privada, como que la alcaldesa pretendiera utilizar su puesto para librar la sanción a la que se habría hecho acreedora si los polis del castillo la hubieran agarrado con las manos en la masa (bueno, en el barandal).

Argumentos aparte, el video ya se difundió y el impronunciable nombre de su protagonista está asociado sin remedio a esa imagen en el imperio del Youtube, como le llama mi novio. Para zanjar el asunto, la alcaldesa decidió acudir al otro imperio, el de los ciento cuarenta caracteres, y le puso un magnífico punto final: No tengo nada que decir. Es una escena privada con mi pareja. El asunto es políticamente irrelevante.

Más claro, ni el neerlandés.

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