Una chava de treinta y nueve años va con su novio a España, se agarran un tour de esos en donde hay que hay que seguir al sujeto del banderín, parar cada cincuenta metros, escuchar la “historia”, esperar a que los compañeros de viaje terminen de admirar el lugar a través de la pantallita de dos pulgadas y grabar el infame video que llevarán a casa para crear (que no recrear) la experiencia de su viaje. Avanzan a la siguiente parada y lo mismo: Alto total, júntese el grupo que por aquí pasó un caballo, fotito, video, seguir al líder…
Yo creo que ante esa situación, probablemente me escondería dentro de alguna armadura hasta que la marabunta se olvidara de mi. Quizá me amarraría las agujetas muchas veces -y hasta aguantaría las patadas de los turistas que nomás ven para arriba-, y así evitar el detector infrarojo del líder y escabullirme lo más pronto posible. Bueno, en primer lugar creo que sólo me agarraría uno de esos paseos si estuviera pagando una manda. Pero, si fuera el caso –uno nunca sabe-, lo que sí te aseguro es que haría lo que fuera necesario para huir de aquélla situación.
